Importante.

Y es que, aún al cabo del tiempo, todavía nos cuesta darnos cuenta de que lo realmente nos llena es estar con los nuestros, contarles las hazañas que hicimos, las dificultades que vivimos y las diversiones que disfrutamos; disfrutar otras cuantas con ellos, reírnos de lo absurdo que nos rodea, tomar un café (invitando o dejándonos invitar), mientras hablamos de la persona que nos gusta, de los que nos parece el resultado de las elecciones pasadas, o de lo que nos gustaría hacer dentro de un año, un mes, una semana.

Sigue leyendo “Importante.”

Acompañando.

Especiales. Diferentes. Divertidos. Compañeros de aficiones. Extrovertidos. Del trabajo. Del instituto. Que siempre tienen algo que contar. Que nunca te quitan la palabra. Que nunca te la piden. Que se ríen de tus extravagancias. Que las comparten. Que no te dejan pagar el café (y siempre les debes unas cuantas “próximas”). Que están lejos, pero cerca. Cuya energía percibes porque te la envían. A los que se la envías tú. A los que hace mucho que no ves, pero cuando lo haces, el tiempo no parece haber pasado. Que no te gustaron cuando los conociste. Que te besan y te abrazan. Que se alegran de verte. Que te añoran, aunque tú a ellos no. A los que añoras, aunque quizá ellos a ti no. Los que os echáis mutuamente de menos. Que te enseñaron cosas que no sabías. Que te dejaron con ganas de más. Que te transmiten tranquilidad. Que te encuentras por el camino y que, al instante, sabes que ya siempre caminarán a lo largo de uno paralelo al tuyo, a veces juntos y a veces separados. Que contestan al teléfono. Que nunca tienen batería. Que te piden casa para dormir. Que te dejan espacio suficiente (pero te invitan a compartir el necesario). Que te miran a los ojos y saben lo que estás pensando. Que son parte de tu familia. Que son algo pasajero. Que te enriquecen. Que te dicen las cosas que no quieres oír. Que te retan. A los que pellizcas para que despierten de su sueño. Con los que simplemente estás, y disfrutas.

Imprescindibles. Amigos.

Dirección

Seguramente hay un rumbo, posiblemente y de muchas maneras, personal y único.
Posiblemente haya un rumbo, seguramente y de muchas maneras, el mismo para todos.

Hay un rumbo seguro y de alguna manera posible.

De manera que habrá que encontrar ese rumbo y empezar a recorrerlo. Y posiblemente habrá que arrancar solo y sorprenderse al encontrar, más adelante en el camino, a todos los que, seguramente, van en la misma dirección.

Kilómetro cero

La veía de lejos… Años atrás, ya la miraba, pero de lejos. Sí… algo le unía a ella. A su alrededor, parecían anhelarla mucho. Pero a su espíritu no parecía causarle mucha impresión.

Hasta que, un día, llegó el momento. Una voz suave (aunque irregular e insegura, como algunas intuiciones se visten ante nuestros ojos) le empujó a saber más, a querer probar… A intentar dejarse sorprender. Y decidió darle una oportunidad…

Descubrió que era muy presumida, que se vestía de gala siempre que alguien quería disfrutar un rato de su compañía. Tenía glamour cuando el admirador era glamouroso. Sabía ofrecer diversión para aquel que buscaba una desconexión, y también era capaz de cocinar platos para los paladares más exquisitos que luego hablarían de su increíble arte culinario… Y es que ella aprendía de todo y de todos. Era una esponja que asimilaba y retenía todo lo que podía enriquecerla. Incluso aquellas situaciones que le dolían, que le hacían sufrir y que no la dejaban dormir tranquila por las noches. Porque esa era otra cosa… No dormía. Decían los que creían conocerla que no dormía, que siempre estaba despierta y viva. Pero, en realidad, cuando la conoció de verdad, cuando supo con certeza que ella no descansaba, adivinó, no sin tino, que era porque siempre había algo por lo que tenía que velar.

A una mujer de su talla no se le puede conocer en una cita, tomando un café o echando una copa. Ella es de esa clase de mujeres a las que se conoce cuando se desmaquillan, cuando se desnudan, cuando se despojan de sus adornos y miran a la vida cara a cara, de frente. “Y esto sólo lo hace cuando confías en ella, cuando te dejas llevar por su inercia, cuando le permites que te corte la piel con el aire frío y dejarte sin aliento con su tacto firme y su tendencia cambiante”, resumía para sí.

Y es que, bajo sus túneles iluminados (que acogen y refugian a quien no tiene techo), a lo largo de sus largas aceras, detrás de sus relaciones públicas, al lado de sus perennes reivindicaciones y rebeldías, y en torno a esa aura cosmopolita y receptiva que la rodea, y la hace especial -piensa, todavía, en sus noches de nostalgia-, se encuentra ella, allí, siempre en el mismo sitio, “esperando a que llegues, dispuesta a ofrecerte infinitos momentos de sabor, pero también a enseñarte su lado más amargo para que aprendas a ver más allá“.

Y es que, en el inamovible kilómetro cero, siempre le esperaría, cuando quisiera regresar, una vieja amiga a la que, mientras muchos se dejaban impresionar pero nunca llegarían a conocer, él conocía mejor. Y ante la cual siempre se dejaría sorprender…

leyenda sioux

Cuenta una vieja leyenda de los indios sioux que, una vez, hasta la tienda del viejo brujo de la tribu llegaron, tomados de la mano, Toro Bravo, el más valiente y honorable de los jóvenes guerreros, y Nube Alta, la hija del cacique y una de las más hermosas mujeres de la tribu.

-Nos amamos -empezó el joven.

-Y nos vamos a casar -dijo ella.

-Y nos queremos tanto que tenemos miedo.

-Queremos un hechizo, un conjuro, un talismán.

-Algo que nos garantice que podremos estar siempre juntos.

-Que nos asegure que estaremos uno al lado del otro hasta encontrar a Manitú el día de la muerte.

-Por favor -repitieron-, ¿hay algo que podamos hacer?

El viejo los miró y se emocionó de verlos tan jóvenes, tan enamorados, tan anhelantes esperando su palabra.

-Hay algo… -dijo el viejo después de una larga pausa-. Pero no sé… es una tarea muy difícil y sacrificada.

-No importa -dijeron los dos.

-Lo que sea -ratificó Toro Bravo.

-Bien -dijo el brujo-, Nube Alta, ¿ves el monte al norte de nuestra aldea? Deberás escalarlo sola y sin más armas que una red y tus manos, y deberás cazar el halcón más hermoso y vigoroso del monte. Si lo atrapas, deberás traerlo aquí con vida el tercer día después de la luna llena. ¿Comprendiste?

La joven asintió en silencio.

-Y tú, Toro Bravo -siguió el brujo-, deberás escalar la montaña del trueno y cuando llegues a la cima, encontrar la más bravía de todas las águilas, y solamente con tus manos y una red deberás atraparla sin heridas y traerla ante mí, viva, el mismo día en que vendrá Nube Alta… Salgan ahora.

Los jóvenes se miraron con ternura, y después de una fugaz sonrisa salieron a cumplir la misión encomendada, ella hacia el norte, él hacia el sur…

El día establecido, frente a la tienda del brujo, los dos jóvenes esperaban con sendas bolsas de tela que contenían las aves solicitadas.

El viejo les pidió que con mucho cuidado las sacaran de las bolsas. Los jóvenes lo hicieron y expusieron ante la aprobación del viejo los pájaros cazados. Eran verdaderamente hermosos ejemplares, sin duda lo mejor de su estirpe.

¿Volaban alto? -preguntó el brujo.

-Sí, sin dudas. Como lo pediste… ¿Y ahora? -preguntó el joven-. ¿Los mataremos y beberemos el honor de su sangre?

-No -dijo el viejo.

-Los cocinaremos y beberemos el valor en su carne -propuso la joven.

-No -repitió el viejo-. Hagan lo que les digo. Tomen las aves y átenlas entre sí por las patas con estas tiras de cuero… Cuando las hayan anudado, suéltenlas y que vuelen libres.

El guerrero y la joven hicieron lo que se les pedía y soltaron los pájaros.

El águila y el halcón intentaron levantar vuelo pero sólo consiguieron revolcarse en el piso. Unos minutos después, irritados por la incapacidad, las aves arremetieron a picotazos entre sí hasta lastimarse.

-Éste es el conjuro. Jamás olviden lo que han visto. Son ustedes como un águila y un halcón; si se atan el uno al otro, aunque lo hagan por amor, no sólo vivirán arrastrándose, sino que además, tarde o temprano, empezarán a lastimarse uno al otro. Si quieren que el amor entre ustedes perdure, vuelen juntos pero jamás atados.