Tierra de nadie

Hoy me desperté con muchas ganas de escribir.

Hombres, hola. Hoy os escribo, por fin; me apetecía.

Un día, no hace mucho, me topé con un artículo de Manu Sánchez que me hizo pensar en vosotros. En vuestras actitudes, deseos y características. Así que decidí compartirlo con varios amigos -hombres jóvenes todos- y ver la reacción.

Paralelamente, me apunté a clases de krav magá. Mi instruida y campeona hermana me había asesorado sobre esta práctica de defensa personal utilizada por el ejército israelí porque empecé a sentir necesario saber responder y estar preparada para defenderme. No pasó nada extraordinario, siendo sincera. Nadie me agredió sexualmente, ni intentó abusar de mí. Lo que sí sucedió es que me dieron ganas de darle un par de hostias a más de uno. Pero dárselas de verdad. Teniéndolo delante de mis narices, diciendo auténticas bobadas ante mi expresión -clara, transparente, nítida, específica, explícita… Y soy muy expresiva, os lo aseguro- de tedio, incomodidad, disgusto y algo de asco, y deseando arrearle una guantada porque no me dejaba en paz, aunque le estuviese prácticamente ignorando, y porque incluso se atrevió -el muy gilipollas- a quitarme de la cara un mechón del pelo para verme los ojos.

– ¿Qué haces? NO ME TOQUES.

La gota que colmó el vaso. Había querido ser correcta con él, había decidido callarme para evitar el conflicto. No ser una histérica. Pero, después de apartarme bruscamente cuando me tocó el pelo, lo reconozco y lo digo sin pesar: le quise pegar; de la rabia, de la mala leche que me entró, del hastío. Porque el muy gallo se creyó que me estaba haciendo la difícil. Y no le pegué, sinceramente, porque estaba sola, y él no. Y porque, si me liaba a golpes, tenía las de perder y nadie de la calle -en Lima, al menos, es difícil que alguien lo haga- me iba a ayudar. Me apunté a krav magá a los siete días, cuando hube encontrado maestro. Por si acaso un día otro gilipollas decidía tocarme algo más que el pelo y por si mis ganas de darle un puñetazo en la nariz o una patada en los cojones no podían ser contenidas.

Todos me dijeron que estaban a favor de la igualdad de sexos. Que el hombre no era más que la mujer, por supuesto. Que había mucho hijo de puta.

Esa misma semana, me había sentido francamente desgastada porque, en cada salida de trabajo, me había visto objeto de gestos de hombres en la calle que no me habían incomodado tanto antes. Me refiero a que me lanzasen un beso -cual cachorro de perro con el que juegas a la pelota, por decir algo suave-, me silbasen, o girasen la cabeza al pasar junto a ellos. Siempre antes había hecho caso omiso a estas cosas. “La mejor bofetada es la que no se da”, me decía mi madre y lo decía el refrán. Incluso algunos piropos me habían parecido graciosos en cierto momento (sí, el de los albañiles que decían que los bombones al sol se derriten es un ejemplo). Pero, ay. El refrán a veces se queda desfasado, anticuado. Un día de estos, se me cortó el cuerpo cuando un individuo me miró fijamente con descarada lascivia y, mientras chasqueaba la lengua, se tocaba el pene. Llegué a la oficina revuelta, y con un sabor tan agrio en la boca, que algo en mí se despertó. A veces, Facebook es oportuno. Y mi hermana, precisamente, había compartido un monólogo de Paloma Palenciano que me zampé del tirón, a pesar de su duración, y que me hizo abrir los ojos, coincidiendo con la columna de Manu Sánchez leída unos días antes.

¿Sabéis cuál fue el resultado de las reacciones de la mayoría de los hombres a los que les pasé la columna de Manu? Todos me dijeron que estaban a favor de la igualdad de sexos. Que el hombre no era más que la mujer, por supuesto. Que había mucho hijo de puta.

– ¿Y no crees que la mujer ha estado siempre en una posición de subordinación en la estructura social? ¿Y que eso ha resultado ser una ventaja para vosotros? ¿No piensas que hay que reajustar esto, dado que apoyas la igualdad de sexos?

Las respuestas aquí eran variadas. La mayoría aceptaba la afirmación, pero ningún hombre se mostraba naturalmente consciente de que no era solo cosa nuestra, de las mujeres. Ninguno -ninguno- me dijo: “Sí, hay que ajustar esto, María, hay que hacer algo porque no es justo” por su parte. La responsabilidad recaía toda en nosotras. Nosotras teníamos que denunciar, nosotras teníamos que reivindicar, y nosotras teníamos que plantarle cara al resto del mundo. Pues chicos: sí, y no. Nosotras empezamos y nosotras lo vivimos en carne propia. Pero vosotros… Sois necesarios.
Una antigua compañera de guerras subió un vídeo con el que dio en el clavo con el maltrato. Ella criticaba que el mensaje: “No te calles, denuncia el maltrato, mujer” se extendía, y que brillaba por su ausencia el de: “Hombre, NO MALTRATES”. Se obviaba lo obvio, pero era necesario decirlo. Pues esto es lo mismito. De hecho, en un microbús, una tarde, me encontré con una pegatina que decía: “Aquí no toleramos el acoso. Denuncia, no te calles.” Me acordé de ese vídeo y no me contuve. Añadí, a bolígrafo: “NO ACOSES”.

Ya sé que hay mucho cardo borriquero por ahí que no tiene arreglo en esta vida, pero sois más los que no entráis en esa clasificación. Y sí recibisteis parte de la herencia.

“Nosotras nos levantamos. No queremos seguir subordinadas. No somos menos que los hombres. Queremos ser como somos, simple y llanamente. Aunque joda, aunque no sea lo que se ha visto siempre, aunque sea incómodo para algunos sectores con influencia -lo digo, aunque no todos sean iguales- como el eclesiástico o el empresarial.”

Y vosotros, como hombres, ¿qué decís? ¿Qué pensáis? No estamos diciendo que seáis menos que nosotras, si os fijáis. Y si creéis en la igualdad, y tenéis alguna idea acerca de lo que la historia ha hecho con nosotras, os llamo, os pido, os solicito y os hago llegar el mensaje: “apoyadnos, sois necesarios, valiosos, influyentes. Sois parte de lo mismo que nosotras, ni más ni menos. Tenéis que participar en esta conquista de humanidad. Sois humanos, ¿o no?” Y os llamo a esos que estáis en mitad del camino. Ya sé que hay mucho cardo borriquero por ahí que no tiene arreglo en esta vida, pero sois más los que no entráis en esa clasificación. Los que os paráis algo así como en tierra de nadie.

Hay hombres que nos apoyan en nuestras filas. (…) a los que no les da vergüenza decir en voz alta que son feministas. Porque nada malo hay en ello y creen en lo humano, no en lo sexista.

Que si os conformáis diciendo que estáis a favor de la igualdad de sexos, pero no nos echáis un cable de verdad, no os engañéis: no nos estáis ayudando lo suficiente. Podréis tratar de limpiar vuestras conciencias diciendo, en voz alta y para que no quede duda:

– Yo no soy machista. Creo en la igualdad.

Ya os digo que eso se queda como un medio gas, un medio fuelle. Que no es suficiente. Me atrevo yo: no nos ayudáis más no porque no podáis, sino porque, por algún motivo que desconozco, no queréis, no os atrevéis o dudáis. Porque no os convence la idea, quizá, de perder la mencionada ventaja -o los privilegios sociales que también se nombran-, o porque os da miedo que avancemos más rápido de lo que la sociedad os dijo que haríamos; porque os parece, quizá, que exageramos (pero también se lo pareció a los hombres de la época cuando Campoamor defendió el sufragio femenino y ahora, en España y en otros países donde no lo era, es universal); porque no habréis sentido repugnancia porque alguien os mire como si os quisiera comer. Por lo que carajo sea. (Ya me atreví…)

Nosotras seguiremos al pie del cañón. Hay hombres que nos apoyan en nuestras filas. Famosos o no, hay hombres que realmente lo han visto, que no se amedrentan porque no nos tienen ni miedo ni rencor (motivo tampoco hay), a los que no les da vergüenza decir en voz alta que son feministas. Porque nada malo hay en ello y creen en lo humano, no en lo sexista. Simple y llanamente. (Si estás leyendo esto y eres uno de ellos, genial; estarás de acuerdo conmigo).

Hombres, que sí; que esto va para vosotros. La sociedad también os impuso estigmas, prejuicios y predisposiciones. Como a nosotras. Quitároslos de una vez, sed libres -y no gilipollas, por favor- y que no os pesen. Por ayudar a la mujer a ascender del subyugo no vais a dejar de ser hombres, ni viriles. Todo lo contrario. Seréis más íntegros. Hombres, es que no sois suficientes aún, joder. Sois necesarios.

Estamos aquí. Y no nos vamos a callar por lo que es justo. Tenéis hueco, porque no vamos contra vosotros. Vamos contra el sistema. Pensadlo bien, si es que aún no lo habéis hecho y necesitáis un motivo más allá de la empatía: es el sistema que también afectará a vuestras hijas. Y formáis parte de él.

Sed bienvenidos; gracias. Y, como dice Eva, de nada.

Posdata: añado dos términos que considero importantes en este texto, por si alguien, como le pasa a alguna del gremio, no tiene claro lo que significan:

Feminismo1. m. Ideología que  defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.

Machismo: 1. m. Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.

(Fuente: Diccionario de la Real Academia Española.)

“Me llamo a mí mismo un hombre feminista. ¿No es eso como se le llama a alguien que lucha por los derechos de las mujeres?” Dalai Lama.

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