Vendas y biberones.

Plaza Bolívar. Hace sol. Y calor. Me hallo sentada en un banco. Sola durante un rato. No tarda un señor mayor de expresión severa, con una muleta vieja, una gastada mochila y su sombrero aguadeño, en llegar y solicitar hueco en el asiento de piedra.

Se lo cedo, y continúo leyendo. Como es costumbre por aquí, me dirige la palabra. Yo no quiero que me oiga hablar; así que me limito a escucharle, en silencio. Ocultando, a propósito, mi acento español.

De pronto, hay alboroto, barullo en mitad de la plaza. La gente empieza a gritar y se amontona, como una panda de niños hambrientos de juego. O un grupo de leonas cazando gacelas.

– ¡Póngale bozal, irresponsable! -consigo entender.

La Policía se acerca paulatinamente al punto donde ha sucedido todo, mientras, asombrada y casi boquiabierta, puedo ver cómo una mujer joven le propina patadas, llenas de furia, a un perro negro grande que trata de ser sujetado por un hombre vestido de gris, muy gordo y con una gorra roja: su dueño. Gente de la plaza corre a averiguar del chisme. Igual que en Perú; igual que en España. Al parecer, el can grande ha mordido a uno chico, que pertenece a la mujer que asesta los golpes.

El mencionado señor se levanta del banco y deja libre el sitio. A los pocos minutos de haber seguido leyendo uno de los libros que me traje, otro hombre de mediana edad me pide permiso para sentarse a mi lado, de forma cortés.

Comienza a hablar de lo que ha pasado en la plaza; de lo que, posiblemente, le sucederá al dueño de la gorra roja, el del perro grande; el que habría sido el verdadero responsable de la mordida. Cambia de tema y me cuenta de la DIAN (Dirección de Impuestos y Aduanas Nacionales de Colombia) y de sus intrincados recovecos tributarios; del actual proceso de firma de paz. De una guerrilla NN (¿nomen nescio, en latín: “sin nombre”?) que acucia los huecos dejados por las iniciadas en el desarme FARC (Fuerzas Revolucionarias Armadas de Colombia), M-19 (Movimiento 19 de abril) y ELN (Ejército de Liberación Nacional). De lo tranquila que es Colombia ahora en comparación a lo que era antes, cuando no podías -según me describe- sentarte en una plaza como estoy haciendo yo en este momento, sin que nadie me atraque. Me habla también de lo corrupto que es el Gobierno (tercera mención en menos de seis días). De la pobreza. Le pregunto si hay menos que antes, que si emerge una clase media; como tengo entendido. Me dice que no. Él cree que todo está igual, aunque el Estado alardee de lo contrario. Recuerdo los informes de entidades dedicadas al Comercio Internacional llamando a la inversión extranjera, colocando a Colombia como un objetivo claro a perseguir para obtener ganancia. Enmudezco de nuevo adrede.

Colombia me parece, pues, el próximo Perú. En sus plazas de Bolívar deambulan variopintos individuos vendiendo chicles en tono lastimero, pidiendo monedas por pájaros hechos de hierba o de hojas de palma. En sus hoteles de lujo de Bogotá se reúnen futuros inversionistas para aprovechar sus recursos con el beneplácito de quienes la gobiernan. Esos mismos que la población, educada según el mismo sistema en que y para quien vota, votó, ejerciendo su derecho a la democracia.

Y es que la gente es humana. Goza del instinto animal de supervivencia, y de una poderosa cualidad natural para crear y para inventar como herramienta. La cuestión no se trata de si es justo o injusto lo que una se encuentra o cómo se actúa ante ello. Lo que hay es lo real. Lo que pasa, lo inevitable; como las palomas que se tiran a comer migajas cuando alguien se las echa sobre el suelo del mismo parque en que trato de leer. Sucede, tiene lugar, existe. La gente se encarga de sobrevivir. Punto.

Y es que los padres educan a los hijos y la sociedad se prepara, sin descanso y sin cansancio, para zarandearlos cuando crezcan; siempre un paso por delante de las generaciones. Educan según lo alcanzado hasta ahora, y sin ser capaces, en su mayoría, de ir a más. Hacen lo que pueden, lo mejor que saben. Otro punto.

Y es que el sistema nos engrana y nos hace funcionar como quiere si no nos salimos de él, o si no aprendemos a desenvolvernos, inquietos, en nuestra subjetiva libertad. Nos convierte en una parte más de la cadena de montaje. En otro embrión del mundo feliz de Huxley. Y otro punto más.

No llego a una tesis que defender, a un enunciado con que concluir o a un puerto final al que arribar. Esto es Colombia, pasaría igual en Perú, y se repetiría mi sensación en España en los tres puntos. ¿Lo que siento? Que el mundo corría mientras yo escribía esto, siendo el mismo desde el momento en que me levanto de esta escalera (a la que me cambié cuando el último señor se fue) y regreso a casa.

Me limito a decirme que estoy dentro de él. Me atrevo a recordarte que tú también lo estás, cuando lees esto, cuando lo respiras. Cuando abres los ojos; cuando no mueres en vida porque no te dejas arrastrar, al cuestionarte lo que te cuentan. Aunque te quieran poner la venda en la mirada, vestida de prejuicios (esos por los que prefiero que no reconozcan mi marcado acento español) y disfrazada de esa especie de “cultura identitaria preconcebida” regalada en biberones sociales desde pequeños. La misma que nos hizo convencernos de lo diferentes que somos según el país en que hayamos nacido antes de haber comprobado de primera mano cuánto de cierto hay en ello; obviando, sin embargo, lo mucho que tenemos en común.

Decido no creerme casi ningún informe que no haya escrito yo… Vuelvo al libro de hoy.

Buena tarde desde la Plaza de Bolívar de Pereira.

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