IV. Arco iris.

No podía creerlo. Ahí estaba. Con todo lo que había pasado. Con todo lo que había buscado, sentido, llorado; vivido.

El jodido lienzo había aparecido.

[Siguiente y última entrega de la serie “LIENZO” tras I. El lienzoII. Ocres, naranjas, rojos.III. Azul. Añil… ]

No había bastado con dejarlo todo. No había bastado con enamorarse y despedirse. No había sido suficiente con ser valiente. Quería más. Y estaba en derecho de hacerlo. No le sirvieron los “tranquilo, ya vendrá, no desesperes” ni los “tienes que tener paciencia” del final (para eso estaban los del principio). Ya no le valían, ya no tenían valor. Y ya. Ya estaba bien. Ya no se iba a seguir dejando engañar. Ya no era un chico. Ya no sería la misma persona, fuera adonde fuese. Ya su piel tenía otro tacto, su nariz olía de otra manera y su oído percibía las cosas diferentes. Lo único que quizá no había cambiado era su forma de mirar; porque seguía haciéndolo de frente y no escondía el rostro.

– Ya no quiero más engaños, más líos, más incertidumbres. ¿Total? Luego, el lienzo va a su aire y se volatiliza. Paso de obras de arte.

Aceptaba autenticidad. Así se quería. No sin falta de experiencia previa, le habían ofrecido, vendido, casi regalado lo que luego resultó no existir; lo que se forjó como ilusión, lo que le empujaba a seguir. Y se había topado con la tierra, seca. Pero seca, seca. Estaba cansado y aburrido del lodo y de la fatiga. Había caído al agua y despertado lleno de arena fangosa. Ese color marrón lo había hecho pedazos.

– Hola.

– Déjame.

– ¿Qué pasa? -la voz quería saber.

Que me dejes.

Silencio, espacio.

– Oye, ¿estás bien? Hola. Vamos, no seas orgulloso, estoy aquí.

– Déjame. No te quiero escuchar más. Me vuelves loco. Nunca nada para ti está como debe estar. Ya no quiero más engaños, más líos, más incertidumbres. ¿Total? Luego, el lienzo va a su aire y se volatiliza. Paso de obras de arte.

La voz calló. Necesitaba tiempo, y se lo daría.

A fin de cuentas, había sido de los pocos que se habían atrevido a buscar los colores con tanto empeño, no se había rendido y había dado la cara. Aunque nadie parecía haberse dado cuenta. Había pasado todo solo, y esa había sido la razón por la que el lienzo que no podía ver se había transformado y había desaparecido. Porque había sido capaz de dejarlo todo por él. Había dejado todo por sí mismo. Y ahora, claro: estaba sin aliento. Era natural que no quisiera saber de ella. También, era la primera vez que emprendía el camino. Todos se quedaban a mitad o en el intento. Y él, no. Él había perseverado. Se había sostenido en su búsqueda.

Deambuló durante días. Supo que el que se atreve, vive. Supo que quien se marcha y regresa, más se quiere.

Debía ser sincera consigo misma y reconocer que había sido caprichosa y que había jugado a despistarlo. Ella estaba ahí siempre, aunque no se dejara ver. Aunque él se enfadara por no entender. Algún día, entendería. Entendería que la intuición es así de voluble, de cambiante, de atrevida, y que no se deja dominar. Entonces; solo entonces.

(…)

Él sigue ahí, solo. Con los pies llenos de barro seco, el pelo enmarañado y la barba sin concierto. Va caminando sin rumbo. Respira despacio, y ya no busca prados, ni lagos, ni montañas ni mares. Solo se deja llevar; necesita uno de sus paréntesis, aunque no lo sabe todavía.

Su reproche a la voz había pasado, y, relajado, miraba al frente, donde cada vez el camino le resultaba más familiar. Deambuló durante días. Supo que el que se atreve, vive. Supo que quien se marcha y regresa, más se quiere. Llegó a la conclusión de que las pasiones se padecen, las emociones pillan a uno desprevenido y la iniciativa está para ser tomada. Y también recordó a la voz amarilla que le había hablado al oído cuando pensaba en su lienzo, en su vida, en su obra de arte. Sabía estar, y sabía detectar lo que le importaba, señalando ella el camino para alcanzar lo que quería encontrar él. Y pensó que era algo digno de valorar, y mucho.

Y visualizó en su mente, como grabándose a fuego, el suyo. El que NO había perdido, el que estaba ahí.

De repente, percibió un aroma conocido. Olía… ¿a verde? Abrió más los ojos y olfateó el aire, siguiendo el rastro. Continuó con los ojos cerrados, para no distraerse (lo había aprendido a hacer en la tierra de las rojas pasiones), hasta que el aroma fue tan intenso que decidió mirar.

Y ahí estaba. El prado, su prado verde. Desde donde había decidido partir y donde había cultivado expectativas y deseos para el lienzo de su vida. Y estaba cambiado. Había… ¿violetas? El paisaje le parecía más armónico gracias a ellas. Se sentó en el mismo lugar. Cerró los ojos y esperó.

Estaba en casa. Oía el mismo murmullo de lienzos blancos y negros de siempre, el de fuera. Y visualizó en su mente, como grabándose a fuego, el suyo. El que NO había perdido, el que estaba ahí. Tenía verde, tenía rojos, naranjas y ocres, tenía azul, añil y violeta, tenía marrón (el barro también existía) y no dejaban de modelarse y ajustarse entre sí… Le estaba gustando tanto, que no se dio cuenta de su presencia, tan absorto en la maravilla.

– ¿Te gusta, ah?

Él no contestó. Abrió los ojos, resopló.

– Sé que sí. Y sé que eres feliz. Y ¿sabes qué? Que yo también. Y me gustas por serlo. Y no me moveré de tu susurro. Siempre estaré ahí; siempre que tú me escuches, me oirás. Y seré más franca, ahora que nos conocemos; ahora que tú también me haces un hueco en tu lienzo, en tu vida.

Sonrió a medias. Había vuelto, seguía con él. Cerró los ojos de nuevo y volvió a aguardar. Visualizó otra vez el lienzo. Ahora aparecía luminoso, brillante, clarísimo… Era el efecto del recién adquirido amarillo, el color de su intuición.

Con una amplia sonrisa, cerró el paréntesis que tenía abierto y comenzó a creerlo.

El jodido lienzo había aparecido.

Estaba dentro de él. Con todo lo que había buscado, sentido, llorado; vivido. Y no había necesitado ni una sola pintura. Solo había estado con ella; con su intuición, la que daba luz a las experiencias que nacían. Y a las que nacerían.

– Y no me moveré de tu susurro. Siempre estaré ahí; siempre que tú me escuches, me oirás.

Y le sería fiel de por vida.cierra corchete

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