III. Azul. Añil…

Se sube al barco, con la sensación de no saber si le están engañando. Tiene tanto miedo a causa de la noche que ha pasado y por no haber encontrado aún ni una sola pintura de las que anda buscando, que se olvida completamente de pagar el viaje.

[Siguiente entrega de la serie “LIENZO” tras I. El lienzoII. Ocres, naranjas, rojos. ]

Se sienta bajo la cubierta y cierra los ojos, respirando para sí. Está saliendo el sol cuando se decide a abrirlos. Mira a través del vidrio.

La claridad se hace paso. Le ciega la luz blanca, tras toda la oscuridad que le ha sobrevenido durante la noche, que le ha hecho temblar de frío, no escatimar en abrigos y recordar lo cómodo que es estar en casa; con el lienzo en blanco y negro, pero en casa. No se lo confesaría a nadie, pero el trayecto había sido escalofriante, porque no podía ver nada. No había podido pensar ni ser consciente de hacia dónde iba. Nunca había sentido algo así. Y, ciertamente, le inunda la angustia.

azul, violeta
El vidrio.

Rabia y tristeza al darse cuenta de que nadie le enseñó a caminar sin compañía. Así que aguanta la barbilla y mira a lo lejos mientras sube el sol. Sale afuera, y el viento le abofetea la cara. Los remolinos de la cabeza le revuelven más aún el pelo, y se le hielan las orejas. Cansado, tiene la tormenta consigo. Y, sin embargo, está rodeado de un color nuevo, que no había visto cerca de su prado. Viene tan atolondrado y removido por los cálidos (que lo han desequilibrado, con sus pasiones) que no es capaz de ponerle nombre al que tiene ante sí.

– Oye, estate quieto. ¿Por qué tan revoltoso?

No hace caso. No oye. Está en otro mundo.

– Chico, te estoy hablando. Anda, despierta. ¡Vamos!

La voz amarilla sigue siendo igual de astuta:

¿Y tu lienzo? ¿Dónde está? ¿Por qué no lo llevas?

Solo entonces, reacciona.

– ¿Qué? ¿El lienzo? ¡El lienzo! ¡Ay, ay…! -no puede creer que no lo lleve.

– ¡El lienzo! -repite-, ¿y ahora? -y desespera.

La voz calla; no habla más. Como de costumbre.

Ahora sí: piensa. Si ya no tiene lienzo, ¿qué demonios va a pintar? Ya resulta grave no tener pinturas, pero, encima, ¿perder el paño?

Se echa las manos a la cabeza ante la magnitud de su desastre. ¿Cómo se las va a ingeniar? No le queda nada. ¿Y la vocecita, por si no tuviera suficiente, recordándolo? La quiere odiar, porque le hace sentir mal. Seguro que sabe lo que ha amado en los rojos y lo que ha conocido en su andadura por los ocres infinitos. Y seguro que está al tanto, también, de que los está echando de menos y de que no había línea discontinua que no hubiese traspasado en la impulsiva tierra de las pasiones, con las puestas de sol en el oeste. Había sido un insensato, un irracional. Sí. Había perdido la cabeza.

De pronto, lo oye. Escucha el murmullo. Lo envuelve poco a poco, entre las ráfagas breves de viento seco. La cabeza le va a estallar, cierra los ojos. El silencio acalla el dolor de su nostalgia. Se apodera de él un rumor agradable, que le hace abrir los ojos ante la calma serena que el lago le concede.

No le quedan palabras. Se desmaya y cae desde la cubierta. El lago lo abraza; ya es parte del cielo, parte del agua.

Y el agua es… azul.

En algún lugar, un lienzo blanco con gastadas líneas negras comienza a perfilar un nuevo contorno, custodiado por una luz amarilla que, a veces, murmura al oído solo de quien la escucha.

Y él, mientras se funde tranquilo en el lago, con la cabeza a oscuras y los brazos entre el vaivén de la corriente, recuerda el prado, el lienzo, el blanco y el negro; los ocres, naranjas y rojos.

Aparece un añil.

Imprime, mentalmente, un nuevo paréntesis sin cerrar.

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Un comentario sobre “III. Azul. Añil…

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