I. El lienzo

Tocaba hacer ese viaje. Iría a la tierra de los colores; de todos ellos…

[Primera entrega de la serie “LIENZO“].

Cogió el lienzo rugoso que tenía desde que nació. Se le daba uno nuevo a todo el que llegaba al mundo. Cada cual tendría un lienzo con el que vivir. El suyo resultó ser blanco roto. Las esquinas, gastadas naturalmente, se habían tornado grises e irregulares. Había visto el que tenían algunos amigos. Los había suaves, de papel grueso, blanco puro. También finos y delicados, entre transparentes y translúcidos. Y otros amarillentos. “A causa del uso”, decían los dueños. Pero, como el suyo, no había visto ninguno.

Su lienzo era distinto, lo intuía. Aunque nadie pareciera entender por qué, lo tocaba, lo palpaba y lo observaba, y podía sentir que no era como los de los demás.

Ese día, lo miraba con interés. Su lienzo, rugoso, con las líneas finas bien definidas; con los bordes un tanto gastados… Le acompañaba, le quería, le gustaba, le identificaba… Pero algo había que no le cuadraba, que no estaba bien, que no le convencía. Tras unas horas a solas, en silencio, reconoció la sensación. Percibió lo que de verdad le sucedía. Le resultaba aburrido. Le faltaba algo.

Al nacer, le pintaron un boceto, un modelo básico, un mapa. Se había fijado en que todos sus compañeros de generación tenían el mismo en su respectivo: fondo blanco, color negro, líneas afiladas, trazo seguro, tinta limpia y exactamente dibujado, sin borrones. Casi perfecto; en él podría estar todo. Lo límpido, lo inmaculado del blanco. El negro, con la conjunción de todos los colores; todo integrado en uno. Todo hecho. Con esto, el lienzo de cada uno no debería necesitar nada más para ser elegante, práctico y admirado. La mayoría de sus compañeros parecían satisfechos con ese estilo de vida. Con esas pautas. Pero lo estaba mirando en ese momento… Y no le gustaba. No le gustaba nada. Le subió desde el estómago hasta la garganta ese fuego que a veces le nacía, cuando se oía pero no se escuchaba. Cuando algo le provocaba rabia, desidia, disgusto.

Su lienzo era distinto, lo intuía. Aunque nadie pareciera entender por qué.

Salió, con molestia y enojo, de casa. Se llevó el lienzo consigo hasta el prado verde, donde acudía cuando se cansaba de verlo todo blanco o negro. Cuando le sucedía esto, en su lienzo aparecían dos paréntesis de forma automática; uno, al llegar al prado y otro, al regresar a casa. Y se iban acumulando.

– ¿Qué sucede? -le habló la voz vestida de amarillo. Siempre le hablaba un par de minutos después de su llegada. Sabía esperar a la calma que le sobrevenía para comenzar a conversar.

No me gusta mi lienzo.

– ¿Por qué?

– No lo sé. ¡Me aburre! Siempre es lo mismo. No sé qué quiero, no sé por qué espero más; si no hay más.

¿Cómo sabes que no hay más? -inquirió la voz, prudente.

Pensó durante un instante antes de responder.

– ¿Por qué me preguntas eso? ¿Acaso lo hay? -replicó, con duda y con cierta desconfianza, por fin.

¿Acaso tienes pruebas de que no? Quizá puedas poner algo de este prado verde en tu lienzo. Hacer una obra de arte con tu propia vida.

– ¿Cómo? -le seguía, pero no entendía del todo.

La voz esperó antes de contestar.

–  Busca los colores…

– ¿Dónde, dónde? -la posibilidad de olvidarse del blanco y negro de siempre le despertó el ánimo.

Pero la voz amarilla no le contestó. Esa voz era especialmente hábil en dejarle con la incógnita.

Esa noche, soñó con prados. Soñó con lagos. Con montañas y con mares. Soñó con verdes, con azules, con morados. Con naranjas y rosas.

Regresó al prado, se volvió a sentar con su tejido delante y lo observó con detenimiento.

El lienzo de su vida no estaba virgen. Tenía un boceto impuesto, un mapa de pasos, unas rectas a seguir, una especie de manual de instrucciones de vida a base de líneas. Un boceto hecho a imagen y semejanza de otros. Lo tenían así marcado desde que nacieron, todos los de su generación. Su vida venía siendo un croquis, un esbozo, aburrido, sin color, con líneas perfectas y contrastadas, y sin borrones, sin equivocaciones, con todo pulcramente calculado y delineado… Y no. Quería una obra de arte, no una hoja de principiante. Su vida no podía quedarse en eso. No quería conformarse con lo que tenía. No le gustaba, y ya se había dado cuenta. Y, además, no podía olvidar lo que la voz le había sugerido: colores…

Se concentró en imaginar el prado en su lienzo. De pronto, pequeñas manchas verdes comenzaron a aparecer, desde el centro hacia la esquina inferior izquierda. Se asustó, y, como si le hubieran accionado a través de un resorte, se levantó y se quedó como una piedra, sin saber cómo reaccionar.

Las manchas verdes desaparecieron conforme se levantaba, y se coloreó un camino como el que había más allá del prado. Creyó comprender. Y se tranquilizó; dejó el lienzo a un lado.

No le gustaba el croquis, el modelo; lo de siempre. Quería los verdes de su sueño, los azules de los lagos y el amarillo de los caminos. Quería más…

Quería una obra de arte, no una hoja de principiante.

Ya que no le sabían a nada el blanco y el negro estándar (los de todos, los fáciles, los conocidos) saldría a descubrir los colores. Los quería consigo.

Recogió el lienzo y salió, con emoción, a buscarlos. Salió, para comenzar con la obra de arte que era su vida.

El paréntesis abierto de ese día quedó sin cerrar.

Había cerrado los ojos para soñar. Ahora, los abría para ver… 

parentesis

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3 comentarios sobre “I. El lienzo

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