Líneas discontinuas y matemáticas

Hoy en día, queremos ser independientes. La idea es montarse una vida y poder hacer lo que nos de la gana. Ser libres.

Las mujeres no quieren depender de un hombre. Los hombres no quieren depender de ninguna mujer. El término “dependencia” causa fobia y es, desde mi punto de vista, uno de los que mejor explica el miedo a enamorarse de alguien. A enamorarse con alguien.

Pero, ¿por qué dependemos? En su acepción más rigurosa, sentimos dependencia cuando:

a). No nos vemos capaces de valernos por nosotros mismos.

b). Nace una necesidad por alguna adicción o droga.

c). Lo que hacemos, decimos o sentimos se conecta con algo cuyo origen no está bajo nuestro absoluto dominio. Algo externo, fuera de nuestro control. Se podría decir que, en esta última definición, sucede lo siguiente:

  • Si A es igual a 2B, entonces 2A son 4B. Y, consecuentemente, B es A/2.

 

En compendio. Son matemáticas básicas, ecuaciones. A no es mejor ni peor que B, y B tampoco lo es respecto a A. Pero mantienen influencia entre sí cuando cambian, cuando se relacionan. Y eso también se llama dependencia. Me voy a las matemáticas para evitar dogmas y extraer la idea. Simple; conexión e interacción. La hay, o no la hay. Nada más.

El concepto de droga, toxicidad o adicción es material. Es el más extensamente conocido a nivel relacional y, posiblemente, el mayor causante del temor. “Engancharse” a una persona. “Enquistarse” en una situación. “Recaer” en lo que ya no es o en lo que, en resumidas cuentas y de una u otra manera, no te permite valerte por ti mismo.

Así que, al final, optamos por buscar ser independientes. No queremos más incógnitas; tratamos de tomar las riendas, y allá cada cual, que no nos hacemos falta. Decidimos que queremos ir por libre para no caer en pozos sin fondo; y, menos todavía, emocionales. Para esquivar que aparezca una incógnita X que nos “eche abajo” toda la puesta en escena que llevamos de vida. Toda esa que hemos montado a nuestra imagen y semejanza con esfuerzo y tiempo.

A lo largo de la historia, las tradiciones han pesado como una losa sobre nuestros hombros. Los matrimonios de conveniencia sacrificaban las libertades de quienes los conformaban (de una forma más grave en el caso de las mujeres) respondiendo al objetivo de supervivencia de las familias. Más adelante, habría que casarse y tener hijos. Luego, quizá casarse no sería necesario. Y, después, quizá tener hijos tampoco. Porque somos independientes, y las tradiciones pesan menos. Evolución de la especie.

Veo este proceso natural, en realidad. Al final, la naturaleza es sabia y tiene respuestas para todo. En el caso de los hijos, es como si te dijera, con lógica y sensatez:

– Si no vas a ser capaz de entender y asumir que el día que tengas un hijo vas a comenzar una conexión eterna (y, por ende, una dependencia) con alguien (él o ella mismo), sí; es mejor que no lo tengas. Si vas a tener sobre ti como un peso lo de no ser independiente, en lugar de aceptar con amor la conexión que se te ofrece, con todas las sensaciones anexas, llevas razón; mejor no te conectes.

Y con el amor de pareja, lo mismo. Lo hay, o no lo hay. (La diferencia es que no se torna obligatorio aplicar el término de eternidad; pero ese es otro tema del que no hablo hoy).

Pero, ¡ay! Sí quiero enamorarme; claro que quiero conocer a alguien especial que conecte conmigo. Pero que sea independiente, por favor.

Ojo; no trato de promulgar: “Necesitemos a alguien, porque, si no, no nos podremos enamorar”. La cosa está en encontrar esa línea que, discontinua, nos permite compartirnos sin dejar de ser autónomos, sin dejar de valernos por nosotros mismos.

No quiero que no sepas ser “si no es conmigo”. No quiero que te enganches a mí, ni ser yo quien sufra mono de ti. Pero, ¿puedes compartirte, conectarte?

Si lo haces, quizá llegue a existir ecuación, dependencia, reacción, matemáticas (aunque no seamos el “dos más dos son cuatro” y eso sea lo interesante, de hecho).

Lo que hagas tú influirá en lo que haga yo, y viceversa.

– Y, si en algún momento perdemos el control, ¿qué?

Compréndelo de una vez: no hay. En la vida no hay control, no hay dominio; no hay mapas, ni manual de instrucciones, ni pócimas mágicas que solucionen la papeleta del no saber. Porque perder el control, y reajustarse sobre la marcha, es parte del camino.

Y esto es lo que te da miedo al pensar en enamorarte de la vida con una persona al lado. Esto es lo que subyace en ti cuando decides ser independiente y quieres encontrar a alguien que también lo sea; y que también lo piense así. Y que, quizá, tenga el mismo miedo que tú. Que tampoco se atreva a implicarse.

Te propongo un trato. Si tienes ganas, comparte; a ver qué pasa. Comparte, por probar. Por sentir, por experimentar. Por disfrutar de la libertad (esta sí, independiente) para elegirlo. Y hazlo sinceramente, sin pensar en lo que vendrá después. Hay un sinfín de posibles ecuaciones que se asocian, que se ligan, que se vinculan, que se transforman. Y que nadie te diga que la vida es “dos más dos son cuatro” y se quede tan ancho, porque es mentira.

Que, ya que sabemos estar solos, también sepamos estar juntos.

Autónomos, pero conectados.

Libres, pero naturales.

Racionales, pero humanos.

Amantes. Amados.

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René Magritte: Los amantes II, 1928.

 

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2 comentarios sobre “Líneas discontinuas y matemáticas

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