El pentagrama que me robó la improvisación

“¿Por qué me cuesta tanto encontrar un sitio en el que esté bien? ¿Un trabajo en el que pueda sentirme productiva, o algo más que un trabajador que cumple tareas?  ¿Dónde está mi realización?”.

Cuando trabajas por amor, el dinero pierde relevancia.

El dinero siempre es importante. Nos guste o no, lo es. Y no digo que no tengas que considerarlo (repito: es importante). Pero cuando el dinero que percibes por lo que haces empieza a parecerte insuficiente una y otra vez, o el tiempo que empleas en lo que trabajas por él comienza a ser catalogado en tu cabeza como: “PERDIDO” y añades, para ti mismo: “Con la de cosas que podría estar haciendo yo…”, es cuando, silenciosamente, comienza tu quiebra.

El motor renquea, la máquina chirría y el sentido del reloj parece desaparecer, sin que tú, director de tu orquesta, puedas sacar ni una sola nota de tu armonía.

De repente, no recuerdas exactamente cuándo esa orquesta de tu vida dejó de estar coordinada con tu naturaleza, con tus deseos y tus artes (esos que cada uno tiene en su propia versión) únicos, y pasó a estar programada por los pentagramas sociales y todos los tiempos artificialmente marcados, perdiendo casi toda su naturalidad, y sin apenas margen de improvisación.

Ya hubo genios de la música como Mozart, o Beethoven, que vieron cosas… Definida por una estructura como estaba la orquesta tradicional, a ellos les pareció insuficiente, mejorable, o, sencillamente, con capacidad de más. Ellos se atrevieron, y añadieron instrumentos; añadieron expresión, ligereza, o gravedad.

Las grandes obras de la vida tendrían que ser realmente interpretadas, sin escatimar ni un solo matiz.

De forma digna, espléndida, generosa, bella, plena. El disfrute, al escucharlas, llegaría sin llamar. Después de un buen tiempo, aquí seguimos, con ellos presentes en todos los libros de música y en el término “música clásica” universal. Y con ese ejemplo de que “podemos ir a más“.

No tuvimos (¿o sí?) oportunidad de aprender a disfrutar de nuestro tiempo. Había demasiadas cosas que hacer antes. Y, muchos, quizá tampoco supimos enfocar nuestras auténticas habilidades preferidas. Otra vez, dijo: “aquí estoy yo” la misma figura venenosa, pero importante: el dinero.

Cuando el tiempo que empleas en lo que trabajas por dinero comienza a ser catalogado en tu cabeza como: “Con la de cosas que podría estar haciendo yo…”, es cuando, silenciosamente, comienza tu quiebra.

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Puesta de sol, Bolivia.

Cuando me siento en un parque arbolado y aparece Tiffany, la perrita que acaba de acercarme cariñosamente el lomo para que la conozca, parece que el tiempo se detiene, y que el dinero me da igual. Cuando contemplo en silencio un desierto, un mar, una montaña, o una puesta de sol, pareciera que no necesitase nada más.

Que la vida es más sencilla que los entramados que la sociedad se busca (nos buscamos) y que, al final, son los momentos como estos, en los que interpretas tu propio instrumento, los que mejor suenan, los que más inspiran (incluso a otros),  y sí; permiten ser al trabajo y al dinero importantes, pero no prioritarios. 

Empieza ya. Busca eso que amas, está dentro de ti. Y, una vez que lo hayas encontrado,  vive con él, y dedícale tiempo.

Porque, cuando vives con amor, también con él trabajas. Y el dinero… pierde relevancia.

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2 comentarios sobre “El pentagrama que me robó la improvisación

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