El país de las oportunidades perdidas

¿Sabes adónde fui hoy? Al país de las oportunidades perdidas.

Me habían dicho cómo se llegaba unas cuantas veces, pero nunca me había atrevido a acercarme ni a ir a verlas. Me daba pavor encontrármelas de frente, seguramente recriminándome que no las elegí. Que no tuve el gusto de acompañarme con ellas, que las dejé atrás o que las dejé pasar por delante. Que me quedé con el “¿y si…?” ante la puerta de casa.

Pero hoy me aventuré, y tomé el mapa para llegar. No podía más con la incertidumbre. No llevé nada; la mochila quedó vacía, colgada, esperando mi regreso.

Caminaba por el lindero. A veces ancho, a veces estrecho. Con verde, con ocre; en solitario. Porque a ese país se va a pie, y es necesario ir solo.

Conforme iba llegando, mi asombro aumentaba. Hacía sol en el primer sector. Crecían ideas, sembradas por alguien, en un área cuadrada, señalando nombres en cada una. El mío no aparecía. Yo buscaba, por si acaso… Entonces salió, de detrás del seto que delimitaba el área soleada con la de los truenos, una mujer de semblante risueño que se acercó a mí, ante mi expresión confundida y con cierto matiz de sorpresa:

-Hola, ¿cómo estás? ¡Qué bueno que viniste! ¿Has visto ya tu nombre? -se reía, divertida y como si supiera algo que yo desconocía.

-Hola. Emm, no… -volví a mirar hacia la superficie sembrada, sin ver nada…-. Más bien, ¿dónde está?

Pero la mujer ya no estaba. “Así son las oportunidades; visto y no visto“, me dije, aunque sin entender del todo. Y continué hasta el área de truenos.

En ella, volaban las nubes a través del aire, sonaba fuerte el viento, corría con aspereza el rugido de… ¿de qué? Joder, ¿de qué? ¡Desastre! Otra vez, no estaba… Ya se había ido, o no sabía qué, pero tampoco lo pude saber. En las nubes, pequeñas letras nombraban personas… Y tampoco estaba yo ahí; ya, deduje que no era necesario… las tormentas aparecían armando escándalo sin avisar, así que mejor seguiría andando. Y nadie salió a decirme nada o a saludarme.

Podría haberme acercado al área lluviosa o a la nevada. Pero, a fin de cuentas, eran oportunidades que no escogí, y seguían sin interesarme. Así que pasé de largo y llegué a la casona con el letrero:

“Para aquellos que vienen preguntándose qué pasó con nosotras, las oportunidades, cuando no nos eligieron. Bienvenidos. Pueden tomar la hoja de oportunidad; ya no tiene coste, porque se soportó cuando tuvo lugar la elección.”

Imaginé que ese coste se refería a haber tenido que renunciar a una para llegar a otra.

Justo al entrar, a la izquierda, había una especie de revistero con el rótulo: HOJAS DE OPORTUNIDAD. Y un patio al fondo con mesas de café, té y tortas de limón. Me senté con expectación y, al instante, mi hoja comenzó a relatar, con su tinta negra.

“Hola. Gracias por venir. No era necesario, pero es agradable volver a verte. Somos todas aquellas opciones que no escogiste, pero que alguien sí. Ese alguien sembró y nos puso al sol para cultivarnos con el amor que tú usaste para tus elecciones. De vez en cuando, truena y llueve. Hacemos ruido y calamos la ropa para mover y hacer sentir la vida. Los que apuestan por nevar identifican sus oportunidades de forma parecida. Fríos, densos, casi nunca les vemos, y saben que no les reclamamos. Pero para quienes, como tú, tienen la curiosidad (y, a veces, desasosiego) ahí, este mensaje es para ti.

Esta no es tu vida. Pudo haber sido, pero no lo es. Bien sabes que volamos. Que no esperamos mucho. Que, a veces, “complicamos” todo. Pero no es así. Estamos para que escuches. Para que seas feliz cuando decides NO ELEGIRNOS. Porque sabemos que, si no nos escoges, es que no somos para ti. Que otras te dan algo que nosotras no tenemos. Y quizá no nacimos para ti, pero sí para otros. Por eso, tu nombre no aparece, ni lo verás en este país. Así que tranquilo. No trates de comprender todo lo que ves. Levántate; sigue cultivando tus ideas, sintiendo tus tormentas, palpando la nieve que aparezca y cantando cuando llueva. Fuimos tus ocasiones. Estamos donde nos corresponde. Ahora, tú. Pero con tus elecciones.

Con una sonrisa, incrédula al principio y que se transformó en satisfecha en menos de un minuto, por fin comprendí; respiré hondo, me levanté y dejé el patio. Para retornar, por el mismo camino de arbustos, verdes y amarillos, a casa…

Las oportunidades no tomadas, perdidas fueron. Las elegidas han sido otras. Y elegidas serán las siguientes.

Cuando vislumbré la entrada, a lo lejos, la mochila me estaba esperando en la puerta, paciente, justo donde la dejé. Y yo ya tenía claro el fin, el motivo. Estaba vacía para encontrarse con toda clase de oportunidades, pero llenarse solo de las que decidiera yo.

[…]

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4 comentarios sobre “El país de las oportunidades perdidas

lo que mejor sabe es...

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