Reojo.

Iba abriendo camino, intrépida. Le resultaba tan emocionante como impredecible, y disfrutaba, realmente, de no saber qué se encontraría en el siguiente recoveco del sendero.

Dejaba migajas de pan allá por donde pasaba. Le gustaba pensar que la acompañaba, aunque no fuera tan dispuesto a probarse como ella. Y, desde su posición pionera, no le perdía la pista, mientras seguía avanzando, buscando más cosas sin cesar.
Por su parte, él se hacía eco de su rastro, y la seguía, de lejos, en su alocada carrera hacia nadie (ni ella misma, parecía) sabía dónde. Se le hacía divertido mirarla de espaldas, allá de cabeza como iba, mientras él se absorbía en la migaja que se encontraba, en el árbol que se apostaba al lado, el cielo que nunca se movía de allí arriba o la arena que soportaba sus pies. Había tantas cosas alrededor…
Sin saber muy bien cómo, un buen día, ella dejó de esparcir migajas durante su recorrido. Él continuó apreciando la belleza del verde que serpenteaba el lindero, del intenso azul y blanco pintado de las nubes y del aire fresco que rondaba, ligero, contra su cara, sin darse cuenta de la ausencia. Siempre de espaldas, de reojo.
Pero pasó un tiempo. Y recordó aquellas señales que otrora se disponían libremente y que ya… no aparecían en el camino. ¿Qué habría pasado? ¿Qué había cambiado? Miró al frente, buscando aquellos hombros estrechos y aquella cintura de avispa que le sacaban la alegría del cuerpo, pero… no los veía. “¿Dónde estará?” Y pensó en llamarla. “¿Cómo se llamaba?” Y no lo recordaba. Probó a usar la voz con sencillez… Pero tampoco obtenía respuesta.
Ella había descubierto unas alas. Para probárselas, necesitaba las dos manos. No podía seguir soltando migas. Y, una vez que se las probó, no se las quiso quitar. Le llamó a él, a pleno pulmón, antes de despegar, y con otro par preparado por si quería unirse a su aventura… Pero tardaba mucho; lo veía a lo lejos, ensimismado y cautivo de la tranquilidad de la tierra. No le respondía, casi ni parecía seguirla. Y decidió volar, y dejó el pan que le sobraba en la cima desde la que partió.
Varias semanas de vuelo. Ella fluye con el viento; las alas son parte de su cuerpo. Él la está llamando con la mente, sin hacer ruido. Envía un chasquido al aire. Ella lo recibe. Porque forma parte del aire…
Baja la mirada y le ve en la cima, explorando las rocas y palpando la nieve. Hasta que levanta la vista y sus ojos se fijan. Centellean.
Siempre de espaldas, de reojo…

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7 comentarios sobre “Reojo.

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