Hijas abandonadas

Hay varios temas de los que me gustaría hablar. Los tengo así como cocinándose dentro del coco. He decidido dejar correr la pluma, pues…

Podría hablar del eurocentrismo que percibo; de cómo Europa se cree el centro del mundo. Olas de atentados terroristas. Nuevos conflictos bélicos en el este. Cambios estructurales en la UE porque Reino Unido se quiere ir y se ha votado a favor. Mucho paro, corrupción de la de siempre, y creo que un sentimiento generalizado de tremendismo, de comedura de olla porque “todo va a peor” y porque “no se avanza”. Todo parece lanzar y provocar frustración.

Paralelamente, sé de gente que habla de mi admirada, dañada y olvidada África. Esos periodistas independientes que se entregan a contar y a difundir. Xavier Aldekoa, por ejemplo. Me encanta este tío; es crítico, valiente, humano y coherente a la vez. Sé algo de Sudán, de Chad, de Níger, del ébola (más allá de la epidemia) y de Boko Haram porque ha tenido las agallas de ir, ver en primera persona y compartirnos pequeñas visiones. Estas visiones, a veces un tanto macabras o violentas, y otras, tiernas, que, después de toda la desgracia que muestran las anteriores, encuentran la belleza que aún queda, son otra manera de refutar lo que estoy viviendo aquí, lo que estoy sintiendo y pensando acerca del mundo que me rodea. África es la hija abandonada del planeta (o una de ellas). Pero Sudamérica (y a ella la estoy conociendo de primera mano) es la siguiente a la que tampoco puedo dejar atrás. No está tan bien organizada como Europa; o, mejor dicho, como la UE. Los países entre sí no son muy hermanos, igual que en Occidente. Hay corrupción por doquier, pero tampoco me sorprende. La gente no sabe…

Todo parece lanzar y provocar frustración.

La gente no sabe, no estudia. Porque no tiene dinero. Porque la educación pública no es la mejor, y la privada comprende a las clases “con plata” que, por ello mismo, se forman más y se ubican en la potestad, en la mayoría de los casos, de sentirse superiores al resto. Es ciertamente molesto para alguien que, como yo, ha crecido en un contexto de igualdad social generalizada, ver cómo un abogado (de traje impecable) ve que la señora de la limpieza no puede cargar con una bolsa de basura porque una puerta se le cierra, y lo único que se le ocurre hacer al abogado es quedarse mirando, y decir, en voz alta a las mujeres (sí, a las mujeres, que bien ocupadas andan trabajando también), que ayuden a la señora (“¿acaso no ven que no puede sola?“). Ver que nadie percibe esta situación como un caso de clasismo y machismo a la vez se torna sorprendente cuando las siguientes circunstancias en las que lo ve tienen, además, un toque de racismo. Comentarios como: “Claro, y que mejore la raza” cuando se sabe de una pareja en la que uno de los dos tiene la tez clara, o distinciones en el comportamiento (a veces, tan servicial que me hace sentirme “sobreatendida”), por el color de tu piel, según el supermercado en que compres, son muestras, no tan sutiles, de lo que aún resta de épocas no tan lejanas de esclavitud.

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Chavín, Áncash

Las charlas que relatan los taxistas de la calle son uno de los mejores reflejos de la sociedad. Son la pura calle; una pura verdad más, más allá del mundo que ven los turistas que vienen a visitarnos. Provincianos y limeños aglutinados en el tráfico de la capital regatean y negocian el precio para movilizarte entre la jauría diaria, en sus carros rotos o sucios, en los que es difícil encontrar el cinturón de seguridad. Gentes que dejaron sus chacras por la expropiación de tierras de la reforma agraria del gobierno de Velasco Alvarado, o que crecieron entre juegos de pelota y jugos naturales del Callao o Villa El Salvador, y que ahora se conforman con sicariatos que pastan a sus anchas por sus distritos. Y que te siguen preguntando que qué es lo que más te gusta del país, si el ají de gallina o el lomo saltado.

Podría hablar del eurocentrismo que percibo; de cómo Europa se cree el centro del mundo.

Mujeres solteras que fueron madres prematuras te cuentan su vida en cuanto les dedicas una sonrisa y no las tratas como si no valieran nada por no tener a un hombre a su lado. María, y su niña de 16 años, en el paradero de Grau en Barranco. Esta mujer llevaba, probablemente, años sin que nadie la escuchase de verdad. Iba sola, era tímida, pero mi micro se me escapó y no pude aguantarme un comentario de los míos, medio renegón y medio cómico, cuando vi su cara mirándome y con sonrisa torcida de: “bueno, ya vendrá otro”. (Al final, dejé pasar tres micros más porque nos quedamos conversando.)

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Villa María del Triunfo, Lima.

Los niños de las provincias crecen entre bicicletas oxidadas que ellos mismos pintan con sprays de pintura que mi madre no habría dejado ni a dos metros de mí cuando era cría. Aprenden a moverse solos en el campo, a ver a sus padres tomando y aceptarlo como algo normal, a ir sucios y no darse cuenta, y a querer a sus “viejas” de la forma que les inspirará para elegir mujer que les acompañe. Mujer que les dé hijos y les ponga un plato de comida en la mesa.

Las charlas que relatan los taxistas de la calle son uno de los mejores reflejos de la sociedad. Son la pura calle; una pura verdad más, más allá del mundo que ven los turistas que vienen a visitarnos.

Mujeres sofisticadas de ciudad que sufren los tacones, las medias pantis, las faldas ajustadas y los alisados japoneses o “brasileiros” laceados en sus largas melenas para ajustarse al canon de belleza que se impone a través de toda la publicidad sexista (explícita y nada sutil como en Europa, que también tiene lo suyo) que las grandes marcas expanden y extienden por todos los lugares y escenarios confluidos.

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Los hombres tampoco se libran de los estigmas.

En estos momentos, me acuerdo de la bella imagen del niño portugués que consoló al joven francés que lloraba por haber perdido la final de la Eurocopa. He escuchado a gente decir que le da vergüenza ser europea. Entiendo por qué puede que lo digan o que se sientan así. Pero yo no siento vergüenza por venir de donde vengo. Porque gracias a eso estoy donde estoy, soy como soy y tengo la voluntad de valorar lo que se presenta delante de mí. El hecho de nacer en un lugar no determina nada. Puede influir, condicionar, pero no impide el progreso en sus mil versiones. Hay eurocentrismo, sí. Pero miserias humanas se pueden encontrar en casi todos los países, y no por esto dejamos de ser ciudadanos del mundo. Al mismo nivel.

Es natural sentir pena por las cosas que suceden en el planeta. No estamos hechos de piedra; sentimos, y ya está. Lo que no podemos hacer es anquilosarnos y aferrarnos a ese sentimiento, porque nos perdemos, como Aldekoa sabe señalar y Ana Frank transmitía en su Diario, la belleza que aún queda.

Estimados. A mí me vale lo que tengo delante. Lo que sé que está, lo que se concreta en acciones, lo que está vivo y lo que me hace sentir viva a mí. Perdonadme si no contesto al whatsapp al toque (o si, a veces, ni contesto), o si no me da por revisar el facebook más de una vez al día, sin darle “like” o “me gusta” a nada. Hay demasiadas cosas que se materializan fuera de lo virtual, que me tienen enganchada cual yonqui a la heroína en la realidad de mi día a día. No por eso dejo de querer más o menos.

El hecho de nacer en un lugar no determina nada. Puede influir, condicionar, pero no impide el progreso en sus mil versiones.

Saber y comprender lo que fuimos y somos y lo que vivimos, y lo que son y lo que viven los demás, es un punto difícil de conseguir. Nos educan socialmente para tener que estar seguros de todo, y la cosa es que en esta vida no se puede estar seguro de nada. Y ahí reside la valentía y la verdadera seguridad en lo único que estará ahí toda la vida: nosotros mismos. 

(No podía perderme esto. Los que me conocéis, lo sabréis… Y los que no, bienvenidos.

PD.: Os echo de menos.)

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[Fin de la cita.]

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4 comentarios sobre “Hijas abandonadas

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