Carta a papá

Érase una vez una niña. Inquieta. Era dócil, cuando era sensible. Pero bien rebelde cuando le dolía algo. Lloraba al ver a los niños de África sin nada que comer mientras ella disponía de su plato de lentejas o garbanzos en la mesa de la cocina.

Tenía bastante carácter. Tozuda, y algo terca, no soportaba que nadie le mandara o tratase de manipularla o manejarla. Directamente, no lo toleraba. Prefería quedarse sola. De bebé, fue un pequeño tormento para el sueño de sus papás. Tanto así, que su padre tuvo claro que no quería más niños, que con ella había tenido suficiente (y, encima, ella pedía hermanos, por si le faltaba sal al guiso…).

Peleó todo lo que pudo por ser una “niña grande”; no usar pañales ni silleta y, por supuesto, acostarse a la par que los mayores, porque ella era muy curiosa y no podía perderse nada de lo que sucediera; menos aún si sucedía en su casa. Era muy coqueta; más femenina que la Hepburn, y salerosa cual Lola Flores, entre pasodobles y sevillanas. Se volvía loca con un pintalabios rojo y no veía llegar el día en que se ponía una falda de vuelo o llegaba la feria y se vestía con el traje de “titana”. También era marujona como ella sola: limpiaba los fregaderos con la bata de guatiné, sacaba a pasear al muñeco en el carricoche con la vecina, y siempre quería meter mano en la cocina cuando su madre estaba ya achicharrada de ella.

Y es que era una guerrillera vestida de princesa de cuento. De cuentos como los de las películas que le traía su papá por sorpresa cuando llegaba de trabajar, y con sabor a chocolate. A chocolate de huevo kinder… Ese padre no sabía en qué lío se metía al tener que montarle a la niña el juguetico que traía dentro. Pero, como solo los padres saben hacer, armaba el avión, coche o trenecito que tocara ese día, con toda la paciencia y el amor del mundo. Y, así, ella coleccionaba todos los juguetes que le había montado su papá. Porque su papá era el mejor padre del mundo. Desde que la llevaba al cole por la mañana (después de conseguir que se vistiera de una vez y habiéndose quitado la camiseta veinte veces) hasta que se ponía a hacer el payaso tras la cámara de fotos para que la pipiola soltara una risa o sonrisa espontánea, pasando por los azotes en el culo (que se lo dejaban más calentito que el pico de una plancha) o el ritual del supositorio para el mareo (que solo sabía hacerlo él, sin dolor).

Pero, como solo los padres saben hacer, armaba el avión, coche o trenecito que tocara ese día, con toda la paciencia y el amor del mundo.

Definitivamente, nunca podría olvidar las noches en vela que el petardo adolescente de su hija le regalaba, subida a unos tacones de aguja y vestida con una minifalda. Antes muerta que sencilla. Ni las veces que hizo de chófer, ni las disputas por llegar tarde, o por querer, una vez más, ser una chica mayor.

La chica mayor que salió de casa a estudiar y a conocer mundo, a curiosear y a sentirse más independiente, pero a la que nunca le faltó la oportunidad de trabajar por lo que a ella le gustaba (aun cuando era muy complicado), ni el apoyo en forma de pregunta: “¿Necesitas dinero?“. Esa chica mayor que, cuando salía el tren de la estación o el autobús del andén, soltaba unas lagrimitas de la emoción que le producía sentirse tan querida y apreciada, mientras veía a su padre (y a su madre) con las manos en los bolsillos de la cazadora, observando cómo se le iba de las manos ese culo inquieto que siempre andaba para allá y para acá, con una cabecita pensante rebosando ideas, sueños, y, a veces, llena de pájaros (pensaría él). Pero, sin ir más lejos, cuando volvía al nido, le encantaba eso de que su padre la llamara a la hora del Ángelus para tomarse la rica caña y dar por aprovechada la mañana con la tapita de mediodía, que le sabía a gloria bendita (como no podía ser de otra manera, con el arte con que él la tiraba y el cachondeo que se aparecía entre los dos, fundiera el sol o calara la lluvia)…

El colofón fue cuando decidió cruzar el Atlántico. Por mucho que lo intentaba, no lograba entender el padre por qué la hija se iba a buscar allí ni sabía qué.

Lo que tampoco podía saber era que allí, al otro lado, las cosas se acogen con otra perspectiva. Había sido necesario ser lanzada para dar el paso buscando eso que, precisamente él, su padre, le había transmitido: QUE SOLO TENEMOS UNA VIDA, que siempre estamos en el presente y que hay que reírse, y reírse de uno mismo. Eso se llama SER FELIZ; darse cuenta de lo que una es y agradecer a la vida llevarla por donde la lleva con el mejor referente masculino que podría haber tenido y que su madre podría haber elegido. Eso, también se traduce en una palabra, enorme y maravillosa: AMOR.

Y es que yo, papá, te quiero mucho. Pero mucho, mucho, MUCHO. Y siempre te llevo conmigo, igual que tú haces conmigo.

GRACIAS POR ESTAR AHÍ Y POR ENSEÑARME A VIVIR.

FELIZ CUMPLEAÑOS.

Tu pequeña.

Pd.: Aún guardo todos los jugueticos…

Pd.2: Van Morrison. “Brown eyed girl”.

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3 comentarios sobre “Carta a papá

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