¿Tigüeña, nenito ti?

Ya lo decía Serrat, cuando cantaba con su hermosa “Esos locos bajitos”… No es de extrañar que a un padre le puedan inspirar tal belleza de canción… Sin ser todavía responsable de ningún retoño, empiezo a ver por qué son tan necesarios los niños.

Un niño siempre quiere jugar. No se sabe muy bien de dónde saca todas las ganas (niño, deja ya de joder con la pelota). Pero las tiene, y lo quiere hacer. Dale juego, y estará entretenido, en su mundo. Déjale que se aburra… y lo tendrás encima de ti, reclamando atención y buscando estímulos. Se reirán de todo lo que les agrade, de todo lo que les haga gracia, sin pensar en si pillan el chiste, o no. (¿Chiste? ¿Qué es un chiste, papá?). Espontáneamente. Se ríen, o no se ríen; punto. Lo hacen si les da la gana; no existe el concepto de risa forzada. Preguntan lo que no saben. Algo tan básico como preguntar, sin vergüenza por no saber. Y es sorprendente observar las asociaciones y los razonamientos que se gastan, los pipiolos (“¿Tigüeña, nenito ti?” de Guille a un señor obeso tumbado en la arena; lean a Mafalda, por favor); además del clásico momento en que están aprendiendo palabras nuevas, y justo se aprenden el taco que papá o mamá ha soltado al enfadarse… Para empezar a decirlo repetidamente en la tienda de colchones con toda su naturalidad y sacando los colores a más de uno (verídico).

Preguntan lo que no saben. Algo tan básico como preguntar, sin vergüenza por no saber.

Porque ellos observan, y aprenden de lo que ven, de lo que oyen. De lo que perciben. Son un paracaídas que recoge toda la información, una esponja que asimila todo lo que le rodea -¿antes de pisar tierra?-. La curiosidad inocente, personificada en los traviesos. Los serenos, la tranquilidad en persona. Y la inexistente capacidad de juzgar lo que está bien, o lo que está mal mientras nos la van enseñando. Ellos no juzgan; ellos prueban, a ver qué pasa. Si se pinchan, si se queman, si se caen cuando andan, cómo sabe esto o aquello, cómo es su tacto. Tocan, miran, saborean, escuchan. Haced una prueba. Mirad a un bebé fijamente, a los ojos. El bebé mantendrá la mirada más tiempo que una persona adulta, por regla general. Dejará de mirarte cuando ya no le intereses. Ni mucho menos porque le intimide que alguien le mire a los ojos (como pasa entre adultos con frecuencia), y tampoco bajará el mentón por nerviosismo. Cuando ya no le genera interés, a otra cosa, mariposa. Ya está. Me parece una actitud muy inteligente, la verdad.

Son, a fin de cuentas, ellos mismos. Si están bien contigo, se les nota; incluso, lo dicen o lo demuestran (esa veneración concreta por alguien, que los vuelve locos al entrar por la puerta de la casa de uno). Si quieren algo, lo expresan tal cual lo quieren. Las medias tintas no suelen ser juguete divertido. Los rodeos, para las historias del Oeste (Mamá, quiero una piruleta. Papá, ¿cuándo vamos a ir al zoo?). No piensan mal, ni dan besos por compromiso. Están hambrientos de crecer. Hambrientos de vida.

No me gustaron especialmente los niños. De pequeña, siempre quería ser una persona mayor. Pero ahora, que soy una persona mayor, mira tú: no quiero dejar de ser niña. Me quiero juntar con niños. Porque sí; le vacían a una las pilas con efecto inmediato, pero la recargan de energía para otro buen rato. Energía de esa que te recuerda lo importante que es jugar, lo fácil que es utilizar la imaginación, y lo sencillo que es decir lo que se quiere. Somos la versión 2.0 de las esponjas que fuimos, de los paracaídas que forman una mente abierta y receptiva a todo lo que venga sin catalogarlo de bueno o malo, y, sobre todo, la ausencia de un pensamiento establecido que nos obligue a ir por un camino específico. Para caernos al suelo, magullarnos las rodillas y aceptar la mano del amigo que estaba jugando con nosotros y que viene a ver qué nos ha pasado (o para levantarnos solitos mientras el gracioso/a se ríe de tu caída, que también la vida nos va dando muestras de los tipos de personas que existen).

Son, a fin de cuentas, ellos mismos. (…) No piensan mal, ni dan besos por compromiso. Están hambrientos de crecer. Hambrientos de vida.

Ser niño es una de las experiencias más jodidas del ser humano (y quien lo niegue es la excepción de la regla), pero también de las más gratificantes, una vez pasado el tiempo. Es nuestro entrenamiento vital antes de ser conscientes de cómo funciona el mundo.

Resulta que el mundo siempre está en proceso de cambio. Y, también yo, siempre estoy entrenándome para lo que venga… Así pues, quiero ser una “loca bajita” toda mi vida. Tener la capacidad de reírme y decirle “¡BÚ!”, con los ojos muy abiertos, a un crío que, sin conocerme de nada, se me para delante, en la calle, mientras miro un escaparate, porque le da la santa gana de hacerlo, y me contesta con una sonora carcajada y una cara de pillo que no puede con ella. Disponer de la habilidad de decidir a quién le doy un beso, y a quién no. Poder gritarle al mundo, si así me apetece, que no quiero ir a este sitio, o que me muero de ganas de visitar aquel otro. Sin tapujos. Y, también, seguir riéndome por aquello que me hace gracia, con desparpajo, sin pudor, con frescura y despreocupación.

Así que bienvenidos a la guardería 2.0. Seamos niños, otra vez. Indefinidamente. Es demasiado divertido como para dejarlo de ser. Ah, y ¡apuntarse es gratis! -¿no está chulo?

Pd: “Los papás y las mamás” era el juego preferido del grupo de amigas de mi calle, seguido de “Cementerio”. También jugábamos a la “chángana”, a la comba, a la goma, al “enanito pinchahuevos”, al clásico “escondite”, a “policía y ladrón”…

(…) quiero ser una “loca bajita” toda mi vida. Poder gritarle al mundo, si así me apetece, que no quiero ir a este sitio, o que me muero de ganas de visitar aquel otro. Sin tapujos. (…) Así que bienvenidos a la guardería 2.0. Seamos niños, otra vez. Indefinidamente.

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7 comentarios sobre “¿Tigüeña, nenito ti?

  1. Me apetecía escribir de nuevo en tu “limonero” je je. Estoy de acuerdo con tus apreciaciones sobre la infancia, creo que la tuya fue muy feliz. Pero también te digo que las personas somos seres en constante aprendizaje. Y para mi la inteligencia consiste en quedarse con lo mejor de cada etapa. No creamos novelas, ficción y utopías para residir permanentemente en éllas, no, sino para entender mejor el mundo que nos rodea. Interactuamos a diario.
    Para volar con una novela, hay que tener los pies en la tierra; para hacer locuras, hay que estar un poco cuerdo; para entender a los demás, hay que llevarse bien con uno mismo …
    Dicho esto, estoy contigo en que hay que rescatar de la infancia: la frescura, las ganas de aprender, la curiosidad, el movimiento y la ignorancia y adaptarla a nuestro entorno.
    De todo se aprende.
    Muchos besos guapetona, y perdona por el rollo pero es que …

    1. Juglar… ¡Caíste en la trampita! No se trata de quedarse en la infancia, sino de incorporar su esencia a nuestra madurez, y recordarla como etapa. Obviamente, no me voy a poner a jugar al enanito pincha huevos con mis compañeros de trabajo o con mis amigos en un día normal, pero no dudaré en hacerlo y disfrutarlo como él si me invita a jugar un niño.

lo que mejor sabe es...

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