Los bebés no se tragan chicles

A Marta le costaba mucho levantarse de lunes a viernes. Pero se despertaba temprano el fin de semana.

Se asomaba con suma prudencia a la puerta de la habitación de al lado, esperando a que la reconfortante voz grave de su padre la llamase para entrar, y su madre le diera el suave beso de buenos días, antes de desayunarse el colacao con el zumo de naranja (que tenía muchas vitaminas, para no resfriarse en invierno). Le gustaban las piruletas del domingo y ponerse la falda roja de cuadros, siempre con las medias (“¡Mamá, leotardos no!” Claro, las señoritas no iban a ponerse leotardos; eso era para los bebés, y ella era una niña mayor).

Un día soleado, salió de la cama. Era domingo, de esos que le gustaban, porque iban a salir de paseo. Bajaba, con su falda puesta, bien cogidita de la mano de papá, la cuesta que había para montarse en los carruseles. Papá y mamá no se llevaban tan bien con los carruseles como ella. Eso de tener que bajarse del caballo, que siguiera habiendo música y movimiento en el tiovivo, y ella irse porque la segunda vuelta “ya se había gastado” no le cuadraba, y sus padres parecían no darse cuenta de la importancia que eso tenía. Y, por ello, se encargaba personalmente de que se enterasen. El primer día lloraba. Berreaba, si hacía falta. El segundo pataleaba y la tenían que sacar a rastras, y un tercero podía hacerse la niña mayor que se enfadaba por dentro y que por fuera ponía cara de estar enfadada (para que todo el mundo llegase a la conclusión de que estaba cabreada, como una persona mayor hacía). El caso es que ese día, para variar, decidió por sí sola no enfadarse y entender que solo había dos vueltas que dar en los carruseles, y se le antojó un chupachups, de esos que tenían chicle dentro. Mamá se lo compró (ya que se había portado bien, según entendió Marta), y le dijo que tuviera mucho cuidado al terminárseloResulta que a los niños que se tragaban un chicle se le pegaban las tripas, y eso no tenía ninguna solución. Era como el niño de la guardería que se comía la plastilina; que todos los días la seño tenía que llamar a la residencia para que se lo llevaran. Así que ella, muy prudentemente, se cuidó de estar pendiente para no tragárselo. En esto que estaban dando el correspondiente paseo, y vio a dos niños que pedaleaban en una sola bicicleta, cosa que Marta no había visto en su vida. Era imposible; ¿cómo podían sentarse los dos en una bicicleta, si ella siempre tenía que ir sentada en la rueda de atrás cuando no pedaleaba? Iba a tener que buscar la manera de hacerlo en la calle, con su amiga Eva. Si estos dos lo estaban haciendo, ellas tenían que encontrar la manera de conseguirlo también… En esas estaba, cuando, de repente, se dio cuenta de que no tenía el chicle en la boca. Ella no lo había tirado… Inmediatamente, le vino a la mente lo que su madre le había dicho: se le iban a pegar las tripas. ¡Oh! Ya ni bicicleta con Eva, ni carruseles, ni falda de cuadros, ni piruletas el domingo. Se la iban a llevar a la residencia, como cuando le tuvieron que coser la lengua porque se cayó de boca al lavabo cepillándose los dientes, y como al que se comía la plastilina (con lo mal que sabía, la condenada). Pero con las tripas pegadas no iba a tener solución. No se lo podía decir a nadie, porque era una niña mayor, y esas cosas no se dicen. Así que se echó a llorar porque no se podía aguantar más. Claro, papá y mamá no sabían por qué lloraba, si los carruseles ya habían pasado, y a ella solo se le ocurrió decir que tenía sueño.

Era consciente de que así parecía un bebé. Pero, por lo menos, los bebés no se tragaban chicles.

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3 comentarios sobre “Los bebés no se tragan chicles

  1. Muy bonito tu relato. No solo por la forma en la que lo has redactado, que también, sino por su semblante pedagógico. Tu lenguaje es coloquial, sin que por ello signifique vulgar, todo lo contrario. Creo que lo más complicado es que el lector lo lea fácil y comprenda su significado. Pero lo que más me gusta es su carácter didáctico, es muy ilustrativo. Odio los dogmatismos, pero por mi escasa experiencia, creo que debemos aprender a equivocarnos y rectificar; caernos y levantarnos; dormir y despertar… vivir. La duda y el conocimiento nos acercarán a la razón. Enhorabuena, no dejes de escribir.

lo que mejor sabe es...

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