Semana de noviembre

Es domingo. Un domingo cualquiera, con su tarde de sofá y tele.

Ha dormido mucho. Anoche, se fue temprano a la cama; recuerda cómo se le cerraban los ojos y emborronaba el espejo mientras se desmaquillaba. Todo se le antojaba lento, y, a la vez, parecía que el tiempo volaba.

La semana había pasado, y le había traído alguna sorpresa. Siguiendo su rutina, que acababa de nacer y que, intuía, no duraría mucho.

Se dio cuenta, un día de lluvia (esa que tanto la relaja) de que no quería volver a verle. De que ese chico que casi le empezaba a prometer experiencias bonitas, no era la persona que ella quería. Y, a pesar de que lo había pasado bien con él y todo podía resultar extraño, sin explicación, se sintió orgullosa de sí misma cuando se posicionó y tomó las riendas de su tiempo.

Se compró un billete de ida y vuelta, con la tranquilidad de que no tenía la obligación de volver si quería quedarse. Sintió una punzada por la gente a la que quiere al pensarlo.

Se lanzó a reencontrarse con latidos de un tiempo atrás, y vio, con cierto vértigo, que siguen estando ahí y que posiblemente no tengan intenciones de dejar de permanecer dentro.

Y todo esto, en una semana. Sí; definitivamente, estaba exhausta.

Las dos copas de Rioja con los frutos secos que el camarero del bar de enfrente de la cuna de sus pasos le sirvió no hicieron sino facilitar que el piano flamenco y las bajas luces le invocaran el sueño. Terminó con chocolate, como termina los momentos para sí misma.

Se compró un billete de ida y vuelta, con la tranquilidad de que no tenía la obligación de volver si quería quedarse.

Deseaba arroparse desde hacía rato. Cerrar los ojos y dejarse caer en la hamaca de los sueños de noche.

Por eso ha dormido hasta tan tarde.

Lo que aún no llega a comprender es por qué ha nacido en ella, como una tarde solo una tarde de domingo sabe hacer, esa sensación de desarraigo, desapego, y asombro ante lo que puede surgir en un puñado de días.

Un puñado de días, uno detrás de otro, cual semana de noviembre sucede en nuestras vidas.

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