A secas.

Hoy he visto un final de película. Sí, de estos de vuelos (que van al otro pico del mundo) que no se cogen porque alguien llega justo a tiempo para decir: “Quédate”.

(Y se queda, claro). De estos en los que los protagonistas discuten por verdaderas tonterías y se quedan fijamente mirándose, para terminar el conflicto con un beso apasionado donde los haya. Donde los silencios no son incómodos a no ser que uno de ellos ponga la cara de circunstancia, y donde siempre se quedan las cosas en el tintero hasta el último momento (y, cuando se quedan para siempre, es un drama la cinta).

Todos sabemos que la vida real no es así. No es así porque no nos la creemos así. Podríamos hacer lo que quisiéramos con ella. Pero solo pasaría si no creyésemos tanto en la vida real, y quizá algo más en la simplicidad de la vida.

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