¿Azúcar?

Tres días a la semana visitaba el local. Iba a la cafetería de enfrente de su oficina, y pedía su café cortado. Básico, clásico y acertado… Le gustaba que le atendiera la chica del pelo rizado. Era simpática y sonreía con facilidad. Él se sentía cómodo, entre lo cortés y lo coqueto… A fin de cuentas, siempre pedía lo mismo, y ella siempre le ofrecía también un dulce para acompañar, con una media sonrisa cómplice. “Sé lo que vas a pedirme. Y tú sabes lo que te voy a ofrecer”, parecía decirle.

Alguna vez, le sonrió. Sentía cierta vergüenza, o timidez; no se quería sentir ridículo ante esa chica de ondas negras y ojos castaños que tenía esa frescura, tan resuelta. Y, sin embargo, ella parecía intuirlo, o parecía saberlo, o… ¡no sabía qué! Pero algo le decía que iba presta a su mesa a atenderle, antes de que se acercase otra persona a servirle el café cortado, sabiendo que él estaba deseando que llegara ese momento, aunque sólo fuera para escucharla decir:

– ¿Un dulcecito? ¿Chocolate, galleta? -(dime que sí, y así vuelvo a venir…).

– No, gracias -no es que no le hubiera apetecido que ella regresara a la mesa, es que no le gustaban los dulces y no se atrevía a decírselo, por si se le acababan las ganas de volver a preguntarle…

Una semana, el primer día, bajó a la cafetería, como de costumbre. La chica no estaba. Le puso el cortado su compañero. No le preguntó si quería algo dulce… Le preguntó si quería azúcar o sacarina. “¿Hola? No sé ni yo lo que me tomo. ¿Le pongo azúcar a mi café?” Y se dio cuenta de que la camarera habitual le traía todo como él quería y, sin preguntarle nada, daba en el clavo.

Cuando fue a tomarse lo de siempre el segundo día de la semana (esta vez salió algo más tarde de trabajar), allí estaba la chica… Había pensado en decirle, precisamente, que no le pusiese nada al café, y, así, ella podría deducir que no le gustaba lo dulce, y… bueno, ya vería si le ofrecía algo o no. Si haría por dónde para volver a su mesa, o no.

– Perdona, no le pongas nada al cortado, ¿vale? No me gusta el azúcar -se desenvolvió como pudo, sintiendo los calores en la cara…

Ella se quedó mirándole durante un segundo, utilizó su media sonrisa (esta vez más enigmática que cómplice), y repuso, sin dudar:

– Muy bien, te traeré otra cosa. Y a esa, invito yo. Y, por cierto, tu café nunca lleva azúcar ni sacarina.

El chico no salía de su asombro… Y si lo sabía, ¿por qué le preguntaba todos los días que si quería algo dulce? Era evidente que ella no captaba nada. Pero él… le había parecido ver… algo… “Imaginaciones. Gratuitas.”

A los cinco minutos, ella salió por la puerta. Su turno había terminado, parecía, porque iba con el abrigo y el bolso.

– Me han dejado esto para ti -le sorprendió el chico que le atendió el primer día.

En la bandeja, una tostadita con queso y tomate acompañaba a una nota en papel… Un número de teléfono, y un nombre. “¿Azúcar? La vida no hay que endulzarla, ya sabe por sí sola… ¿Me lo cuentas?”.

(…)

Tres cortados a la semana. Sin azúcar, por favor.

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Un comentario sobre “¿Azúcar?

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