Kilómetro cero

La veía de lejos… Años atrás, ya la miraba, pero de lejos. Sí… algo le unía a ella. A su alrededor, parecían anhelarla mucho. Pero a su espíritu no parecía causarle mucha impresión.

Hasta que, un día, llegó el momento. Una voz suave (aunque irregular e insegura, como algunas intuiciones se visten ante nuestros ojos) le empujó a saber más, a querer probar… A intentar dejarse sorprender. Y decidió darle una oportunidad…

Descubrió que era muy presumida, que se vestía de gala siempre que alguien quería disfrutar un rato de su compañía. Tenía glamour cuando el admirador era glamouroso. Sabía ofrecer diversión para aquel que buscaba una desconexión, y también era capaz de cocinar platos para los paladares más exquisitos que luego hablarían de su increíble arte culinario… Y es que ella aprendía de todo y de todos. Era una esponja que asimilaba y retenía todo lo que podía enriquecerla. Incluso aquellas situaciones que le dolían, que le hacían sufrir y que no la dejaban dormir tranquila por las noches. Porque esa era otra cosa… No dormía. Decían los que creían conocerla que no dormía, que siempre estaba despierta y viva. Pero, en realidad, cuando la conoció de verdad, cuando supo con certeza que ella no descansaba, adivinó, no sin tino, que era porque siempre había algo por lo que tenía que velar.

A una mujer de su talla no se le puede conocer en una cita, tomando un café o echando una copa. Ella es de esa clase de mujeres a las que se conoce cuando se desmaquillan, cuando se desnudan, cuando se despojan de sus adornos y miran a la vida cara a cara, de frente. “Y esto sólo lo hace cuando confías en ella, cuando te dejas llevar por su inercia, cuando le permites que te corte la piel con el aire frío y dejarte sin aliento con su tacto firme y su tendencia cambiante”, resumía para sí.

Y es que, bajo sus túneles iluminados (que acogen y refugian a quien no tiene techo), a lo largo de sus largas aceras, detrás de sus relaciones públicas, al lado de sus perennes reivindicaciones y rebeldías, y en torno a esa aura cosmopolita y receptiva que la rodea, y la hace especial -piensa, todavía, en sus noches de nostalgia-, se encuentra ella, allí, siempre en el mismo sitio, “esperando a que llegues, dispuesta a ofrecerte infinitos momentos de sabor, pero también a enseñarte su lado más amargo para que aprendas a ver más allá“.

Y es que, en el inamovible kilómetro cero, siempre le esperaría, cuando quisiera regresar, una vieja amiga a la que, mientras muchos se dejaban impresionar pero nunca llegarían a conocer, él conocía mejor. Y ante la cual siempre se dejaría sorprender…

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Un comentario sobre “Kilómetro cero

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